A María Consuelo…

“Les voy a explicar la forma como trabajo. Cuando me necesiten pero no me quieran… entonces tengo que quedarme. Cuando me quieran pero ya no me necesiten… entonces tengo que irme”. La Nana Mágica.

 

Sería solo un fin de semana que te tendríamos en casa. Doce años después todos lloramos tu partida. Cuatro años de ausencia y tú sigues siendo mi María Consuelo, yo desconsolada sin ti.

Mi memoria te guarda, con tu olor, tu respiración, tus suspiros finales.

Mi recuerdo trae el día que te dejé en la mesa de operación.

Mi nostalgia me hace llorar porque hasta hoy me pregunto si esa fue la decisión correcta.

Recuerdo tu llegada, tu mirada vivaz y esa actitud territorial que dijo: me gusta. Me quedo. Maestra de amor, paciencia, tolerancia. Maestra de respeto, disciplina y alegría. Mi primera cría, mi mejor cariño. Me preparaste para ser la madre que soy hoy. Me preparaste para llenar a Manuela de abrazos, sonrisas, juegos y cuidados.

La conexión perfecta hombre-animal, la conexión perfecta de dos especies entendiéndose sin barreras, que aprenden a conocerse a través de su gestual, su respiración, su tacto, su olfato, todos sus sentidos. Así conozco a Manuela, así me guiaste para el cuido de sus primeros meses. Así me gradué de madre salvaje para mi cachorra humana. Todo el cariño que Manuela recibe fue experimentado en ti.

Reconozco tu enseñanza en cada miembro de esta familia. Todavía recuerdo a Mercedes cuando, apartándote con su escoba dijo: “sale, a mí no me gusta cuidar perros”, inmediatamente me viene su imagen consintiéndote hasta darte comida en la boca, también me llega su silencio cuando la llame para decirle que te fuiste.

Graduaste de Tíos a mis hermanos. Graduaste de abuela a mi mamá, fuiste un ensayo de dulzura, comprensión, paciencia, cuidos, palabras dulces. Mis hermanos cedieron espacios, al igual que las tuyas, las necesidades de Manuela se convierten en una prioridad. Al igual que tu presencia, Manuela se convierte en atención absoluta, necesaria, una urgencia de abrazos, bienvenida, sonrisas. Una urgencia de besos, juegos y ocurrencias. Una celebración de vida llena de sorpresas y descubrimientos.

Todavía recuerdo el desvelarme para acompañarte a amamantar a tus cachorros. Como un reloj cada tres horas me convertí en la observadora de este milagro; tú la inspiradora para los tres años de lactancia que recibió Manuela.  Tú tan inmadura: doce años y siempre cachorra. Me enseñaste que la lactancia no solo satisface el hambre de los cachorros también era tu lazo, tu momento, tu papel de madre.

Y me repito y digo, todavía  recuerdo porque aunque ya no tengo tu calor, tu mal dormir, tus paticas en mi espalda, tengo a Manu con su manía de no arroparse, de abarcar todo el espacio que le es posible para terminar abrazándome con sus brazos y piernas. Al igual que a ti le molesta el calor, que la moleste cuando me levanto retrasada, que los domingos me den las nueve en cama (te cuento que mi sueño sigue tan pesado como siempre).   Hoy igual tengo quien me despierte y me alerte que la hora de levantarse llego, que hay urgencias biológicas por resolver. Ya no son tus paticas insistentes, tu respiración en mi oreja. Hoy  me despiertan unas  manitos cariñosas  y una voz dulce que me dice: “mami quiero tetica” y me deja extrañarte mientras la alimento, como tú a tus cachorros, en la más prístina demostración de amor.

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